Teorizada por Richard Florida, profesor canadiense de management y de marketing urbano como el «actor esencial del desarrollo económico de las ciudades», la «clase creativa» forma parte de aquellos neo-conceptos acuñados con vistas a un objetivo doble: primero, enterrar ideologicamente de una vez por todas la clase obrera y las clases populares en general como de sujetos históricos relevantes; y segundo, valorizar a los «trabajadores del inmaterial», es decir la pequeña burguesía intelectual.
Ne se extrañará, por lo tanto, de que el libro de Richard Florida The Rise of the Creative Class (todas las palabras que en este texto aparecen entre comillas son extraídas de este libro) ha sido un exitazo más allá del Atlántico y que su autor haga furor entre los alcaldes de las grandes ciudades estadounidenses, seguidos desde algún tiempo por sus homólogos de Europa. En la situación actual de competencia encarnizada entre las metrópolis para acceder al rango de «ciudad global» o, por lo menos, de capital nacional del capitalismo globalizado, atraer este «recurso fundamental para el impulso del dinamismo urbano» que sería la llamada «clase creativa» se ha vuelto un imperativo ineludible.
A pesar de los cálculos sofisticados de estos «índices», esta presentación carece totalmente de validez científica. En primer lugar, las categorizaciones utilizadas son imprecisas: el panel de las profesiones que entran en el recuento de la «clase creativa» es demasiado amplio. No es más que un conglomerado poco coherente y poco estable de redes de individuos que tienen finalmente en común solamente los mismos hábitos de consumo dictados por el mismo afán elitista y normalizado de «diferencia». Luego, asociar a la «clase creativa» con el «desarrollo económico» no prueba nada en la medida en que no son los individuos los que impulsan dicho desarrollo sino el modo de producción capitalista –de hecho el modelo de acumulación del capital– llegado a cierta fase de su evolución, que requiere tal o tal tipo de actividades y por lo tanto de población activa. En fin, el uso del término «clase» aplicado a «creativa» tiende a poner entre paréntesis el hecho de que lo que sigue estructurando la sociedad son las relaciones de producción. Ahora bien, en un régimen capitalista, cualquier producción es ante todo producción de plusvalía. Y esto vale también para la «creación», cualquiera que sea la rama considerada.
Así pasa con la producción de conocimientos científicos y técnicos, para no mencionar las mercancías culturales, que autoriza a ciertos ideólogos –el filósofo italiano «post-marxista» Antonio Negri y sus seguidores a la cabeza– a hablar de «capitalismo cognitivo», aunque los «cerebros» que serían, si se puede decirse así, la base de éste, sean comprados y vendidos, al igual que los «brazos» o las «manos» de los trabajadores de la clase obrera, con la extorsión o, al contrario, la retrocesión de plusvalía según el sitio ocupado en la jerarquía social. El advenimiento del llamado «capitalismo cognitivo» refleja sencillamente la penetración de este modo de producción dentro de esferas de actividad que escapaban hasta entonces, en parte o totalmente, a su dominio.
Si resulta falsa e incluso mistificadora, como cualquier ideología, la hipótesis –presentada como una realidad– del surgimiento de una « lase creativa» es, en cambio, fructífera desde el punto de vista de la publicidad y de la propaganda. En efecto, ésta pone en escena un actor urbano fascinante ya que acumularía un papel clave en el auge económico de la ciudad (un asunto de los más serios pues condiciona la prosperidad de los ciudadanos privilegiados) con el «anticonformismo» y lo «lúdico» en materia de modo de vida y de cultura, o en otras palabras la «rebelión desahogada» y la subversión subvencionada. ¡Que hay más excitante, también, para los miembros de esta clase, que indexar semánticamente sus actividades profesionales a la creación y ya no más a la producción! Hoy día, con el advenimiento de la llamada sociedad post-industrial, la palabra «produción» huele demasiado a fábrica y sudor, mientras que la de «creación» nos eleva, por sus connotaciones implícitas, hasta las esferas etéreas de la estética y de la religión, para no decir de la belleza y de lo sagrado sino el divino. A fin de cuentas, el éxito del pseudo-concepto «clase creativa» participa en la autocelebración de la pequeña burguesía intelectual por si misma. Se entiende, por consiguiente, que los «bobos» en general y los intelectuales «conectados» en particular, hayan dado buena acogida a este concepto «innovador».
En una época donde se fomenta el «cambio urbano» (en la continuidad capitalista) y donde se alenta todo lo que puede hacer «moverse» a las ciudades (con la condición de que eso no ponga en tela de juicio —salvo con palabras— las desigualdades sociales), la idea de que su futuro depende de la «interacción» entre los «empresarios competitivos» y los «creadores» de todo tipo (es decir entre burgueses y neo-pequeños burgueses a su servicio) no puede sino complacer a unos y otros. Por ejemplo, no habría sino que alegrarse, como lo hacen ciertos sociólogos alineados, de que los «gentrificadores» «eleven el nivel socio-económico de parte de una ciudad al modificar sus valores simbólicos, — su «imagen» —, contribuyendo así en una manera decisiva a la renovación urbana », como muestra Alain Bourdin. Una renovación que va la par, como se sabe, con la renovación de la población de los antiguos barrios populares, echada a la periferia de la «ciudad creativa».
Por lo tanto, no sorprenderá tampoco que estos observadores domados del mundo urbano disciernan en la «clase creativa» una «vanguardia de los modos de vida», también según Alain Bourdin. ¿A qué vida lleva esta vanguardia (auto)proclamada? ¿Y a que supervivencia para todos aquellos que no forman parte de esta élite? Estas son evidentemente, para los pensadores autorizados de lo urbano, cuestiones fuera del tema.
Para mayor información:
BOURDIN, Alain. La classe créative existe t-elle ?. Revue Urbanisme, n° 373. Sept-Oct 2005
FLORIDA, Richard. The Rise of the Creative Class. And How It’s Transforming Work, Leisure and Everyday Life, 2002. Basic Books.
GARNIER, Jean-Pierre. Metropolitanización, estadio último de la urbanización capitalista. Madrid. Materia de debate. I Zozobras. Club de Debates Urbanos, Madrid, p. 289–293.
Jean-Pierre Garnier ha sido sociólogo urbano en el Centre National de la Recherche Scientifique.
Ficha bibliográfica:
GARNIER, Jean-Pierre. La «clase creativa» : un nuevo mito urbano para nuevas mistificaciones urbanísticas. GeocritiQ. 15 de agosto de 2014, nº 77. [ISSN: 2385–5096]. <http://www.geocritiq.com/2014/08/la-clase-creativa-un-nuevo-mito-urbano-para-nuevas-mistificaciones-urbanisticas/>

Florida al menos aporta una serie de hipótesis y una serie de datos para sustentarlas. El autor de este comentario en cambio tira mucho de ideología, de juicios de valor (“afán elitista”, “los «bobos» en general y los intelectuales «conectados» en particular…”) y de determinismo estructural. Personalmente y por el momento me quedo con las tesis de Florida.
Un saludo
Lo que veo aquí es mucha bilis y pocas ganas de entender. No se si es frustración, envidia o puro desconocimiento, pero voy a dejar mi granito de arena.
La gente de la que habla el autor no es tanto gente que representa una eficiencia económica en los términos de toda la vida sino la capacidad de hacer “atractiva” una ciudad. Eso reporta turismo intelectual, que gasta más e igual vuelve para montar negocios; también a la larga que la ciudad se adapte al plan de pequeños empresarios y innovación en el mercado, que a su vez llama a más gente que quiere vivir de este modo. Es un proceso en el que la buena vida de los miembros está en un punto de prioridad más alto del que había estado hasta ahora: abrir tu propio negocio en vez de vivir pisoteado, buscar alternativas de mercado e intentar innovar en vez de reventar los precios para hacer la competencia o invertir en marketing lo que tus rivales no pueden. Un proceso lento que intenta igualar la calidad de vida de la ciudad. Eso en definitiva es lo que hace falta para que el opresivo mercado pierda importancia y el ser humano siga desarrollando su propia evolución, porque el automatismo de la mayoría de labores que lleva a cabo el hombre es perfectamente aplicable pero no tiene cabida en un sistema que exige trabajar para comer. Cuando entendamos que estamos construyendo un mundo que funciona prácticamente solo y no haya impedimentos para ser fiel con uno mismo y seguir tus propios intereses el mundo avanzará mucho más rápido.
Yo soy español y aquí se está intentando hacer justo lo contrario, invitando a cualquiera susceptible de girar el rumbo a abandonar el país y probar suerte fuera. No lo queremos, aquí queremos mano de obra barata producida en cadena, parece que el plan sea ser como China cuando eran pobres ahora cuando le enseñen al mundo lo ricos que son. Ahora mismo y cada vez más la educación superior sólo está disponible para aquellos con medios para pagarla, que cada vez son menos. Eso es garantizar que solo aquellos con mucho dinero antes de acabar sus estudios (antes de trabajar es el concepto clave) tengan acceso a la mejor formación. Los pobres de igual, pa lo que nos va a tocar hacer… Con un poco de suerte no viviré para ver Barcelona convertido en el Londres del boom industrial, pero no pondría la mano en el fuego.
Total, que pequeños idearios como el que escribe esta “reseña” tienen una gran responsabilidad moral con el descenso de mi país al tercer mundo, porque cerrar los ojos al progreso es salirse de la rueda y luego entrar es muy complicado. Y si las maniobras político-sociales encima trabajan en contra dirección y la masa social se centra en conflictos internos es directamente imposible.